El problema de Federico Döring no es la censura, es su misoginia
Por Emily Medina | Opinión
Federico Döring decidió dedicar su columna en El Sol de México a defender a Paco Navarrete, un caricaturista sancionado por violencia política de género contra la diputada Itzul Barrera. Lo hizo con una ligereza preocupante para alguien que ha dedicado buena parte de su vida al servicio público y que, por lo tanto, debería conocer las obligaciones del Estado frente a la violencia contra las mujeres. En lugar de cuestionar la conducta que originó la sanción, optó por desacreditar a la víctima, sembrar sospechas sobre los tribunales y presentar al agresor como un mártir de la libertad de expresión.

Döring comienza llamando a Itzul una “diputada de cuarta”, un calificativo que revela desde las primeras líneas la intención de su escrito. Después intenta justificar la publicación de Navarrete como si se tratara de una extraordinaria pieza de sátira política, cuando lo que hizo fue utilizar una fotografía personal de la legisladora para convertirla en objeto de escarnio. No hay ninguna genialidad periodística en ello. Lo verdaderamente inquietante es que un político con su experiencia se preste a legitimar estas prácticas y pretenda hacernos creer que exigir responsabilidades por una agresión constituye un atentado contra la democracia.
Pero Döring va más lejos. Como la resolución judicial no coincide con sus intereses políticos, decide desacreditar a quienes la emitieron y construir una historia de complicidades alrededor de la denunciante. Atribuye la sanción a supuestas influencias partidistas sin presentar pruebas de que hayan determinado el fallo. Es una maniobra tan conocida como miserable: cuando una mujer consigue que las instituciones reconozcan la violencia ejercida en su contra, aparecen quienes buscan invalidar su denuncia cuestionando sus relaciones, su trayectoria y hasta su derecho a ser escuchada.
Resulta especialmente grave que este discurso provenga de un legislador. Döring no es un espectador ajeno a las responsabilidades públicas ni alguien que desconozca los obstáculos que enfrentan las mujeres para acceder a la justicia. Su posición debería obligarlo a una mayor seriedad, pero ha preferido utilizar su espacio en un periódico nacional para alimentar la narrativa de que las mujeres que denuncian violencia son instrumentos de una conspiración política. ¿Qué mensaje pretende enviar a quienes diariamente enfrentan agresiones y temen denunciarlas? ¿Que sus derechos serán respetados únicamente si cuentan con la aprobación ideológica de los hombres que las juzgan desde sus columnas?
Lo ocurrido con Itzul tampoco puede analizarse al margen de la defensa gremial que ha despertado. Algunos caricaturistas parecen convencidos de que su oficio les concede autorización para apropiarse de fotografías personales, manipularlas y degradar a las mujeres sin enfrentar consecuencias. Y cuando una de ellas se defiende, encuentran rápidamente políticos dispuestos a justificar lo injustificable. El periodismo no necesita esa clase de defensores. Mucho menos necesita que la misoginia siga encontrando refugio en sus páginas bajo el pretexto de la irreverencia.
La resolución contra Navarrete fue examinada por las autoridades electorales correspondientes. Döring tiene derecho a discrepar, pero no a presentar sus sospechas como hechos demostrados ni a reducir la violencia política de género a una invención de sus adversarios. La protección de los derechos de las mujeres no puede quedar sometida a las simpatías partidistas de quienes ocupan una tribuna pública.
Al final, la columna de Federico Döring termina diciendo mucho más de su autor que de Itzul Barrera. En su afán por defender a Paco Navarrete, prefiere desacreditar a una mujer que obtuvo justicia antes que cuestionar la conducta que motivó la sanción. Una postura especialmente grave en alguien que, desde su responsabilidad legislativa, debería defender los derechos de las mujeres y no contribuir a deslegitimar sus denuncias por diferencias políticas
A Federico Döring habría que recordarle que las mujeres no necesitamos su autorización para acudir a la justicia, ni estamos obligadas a tolerar la misoginia de sus colegas para demostrar nuestro compromiso con la democracia. Si pretende defender el periodismo, que comience por dejar de utilizarlo para desacreditar a quienes denuncian violencia.





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