Una mujer en el poder no basta: Japón y México frente al espejo
- Redacción
- 4 ene
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Japón acaba de romper un techo histórico: por primera vez una mujer gobierna el país. En una sociedad marcada por el orden, la rigidez y jerarquías profundamente masculinas, el solo hecho de que una mujer haya llegado a la oficina del primer ministro podría leerse, en una primera capa, como una apertura. Podría pensarse que sus vivencias, sus experiencias y hasta los sesgos que inevitablemente acompañan a cualquier mujer que ha tenido que abrirse paso en un sistema patriarcal servirían para empujar políticas de paridad, de inclusión y de corrección de rezagos históricos que el género femenino arrastra no solo en Japón, sino en todo el mundo.
Pero no fue así.
La llegada de Sanae Takaichi al poder no vino acompañada de una agenda de ampliación de derechos para las mujeres ni de una recomposición de las inercias que han dejado fuera al género femenino de los espacios de decisión. Su gabinete no incorporó más mujeres de manera significativa y su hoja de ruta está alineada con una visión ultranacionalista, conservadora y de derecha dura, centrada en el fortalecimiento del Estado, el orden, la seguridad y una identidad nacional cerrada. El símbolo estuvo, el cambio estructural no.
Y ahí está una de las lecciones más importantes de este momento político: no basta con que una mujer llegue al poder. El género, por sí solo, no transforma realidades. Hace falta un proyecto político que la respalde, que la empuje y que tenga como objetivo explícito corregir desigualdades, romper inercias negativas y abrir espacios a quienes históricamente han sido marginados.
El contraste con México es evidente. Aquí no solo llegó una mujer a la Presidencia. Llegó con ella un proyecto político construido desde abajo, con una narrativa de derechos, de justicia social y de reconocimiento a los grupos históricamente vulnerados. Un proyecto que entiende que la paridad no es decorativa, que el género importa cuando se traduce en políticas públicas, y que gobernar también implica incomodar estructuras que durante décadas parecieron intocables.
Japón demuestra que el poder puede cambiar de rostro sin cambiar de lógica. México, en cambio, ofrece una experiencia distinta: una mujer al frente de un proyecto que sí busca transformar. Y esa diferencia —profunda, política y estructural— es la que vale la pena observar, analizar y, sobre todo, valorar.
EpicentroMx






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