Trump, el chavista.
- Redacción
- 7 ene
- 2 Min. de lectura
Durante semanas, la derecha internacional se preparó para la foto que nunca llegó. Imaginaban a Donald Trump, la cabeza visible de la ultraderecha global, colocando a su alfil en Caracas: María Corina Machado, Nobel de la Paz, convertida en presidenta por la gracia de Washington. El guion parecía escrito: intervención, caída del “régimen”, ascenso de la heroína liberal y aplausos desde Miami hasta Madrid.
Pero no ocurrió.
Lo que ocurrió fue algo mucho más incómodo para esa derecha que vive de símbolos vacíos: Delcy Rodríguez, vicepresidenta del chavismo, asumió la presidencia de Venezuela. El chavismo sigue ahí. Las estructuras siguen ahí. El Estado que heredó Maduro no fue demolido, fue reutilizado.
Y entonces vino el desconcierto.
La esperanza se evaporó.
El relato se rompió.
Porque Trump no llegó a “liberar” a nadie. Trump no llegó a exportar democracia. Trump llegó a hacer negocios. Y esta vez ni siquiera se molestó en disfrazar el saqueo con discursos morales. Antes, Estados Unidos se presentaba como prócer de la libertad mientras firmaba contratos petroleros bajo la mesa. Hoy ya no hace falta la hipocresía: el interés es brutalmente económico y se anuncia sin pudor.
Trump, el mayor hijo del demonio político vivo —no por maldad abstracta, sino por cinismo absoluto— entendió algo que la derecha venezolana y sus animadores internacionales no quisieron ver: es más rentable gobernar a través de las inercias existentes que dinamitarlo todo para colocar figuras sin base real. María Corina Machado sirve para discursos, premios y portadas; no sirve para administrar un país fracturado sin estructura ni control territorial.
Así, Trump dejó claro que no cree en proyectos ideológicos, ni en cruzadas morales, ni en oposiciones “puras”. Cree en petróleo, en control, en estabilidad funcional. Y para eso, Delcy Rodríguez —con todo lo que representa— es más útil que cualquier símbolo liberal importado.
La derecha internacional hoy llora porque pensó que Venezuela sería su victoria épica. La derecha mexicana aplaudía esperando verse reflejada en ese triunfo ajeno. Pero la realidad fue otra: ni libertad, ni transición democrática ejemplar, ni revancha ideológica. Solo una operación cruda donde el poder económico se impuso sin maquillaje.
El mensaje es devastador para quienes todavía creen que Estados Unidos interviene para salvar pueblos: no vino a salvar a Venezuela, vino a administrarla. Y si para eso tenía que dejar al chavismo en el poder, lo hizo sin remordimientos.
A Trump, el empresario, le convino ser chavista.
Y la derecha, una vez más, se quedó esperando un milagro que nunca fue negocio.






Comentarios