“El Nobel que huele a injerencia”
- Redacción
- 11 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Hay premios que reconocen trayectorias. Hay premios que exaltan causas. Y hay otros que, aunque traten de disimularlo, son movidas políticas con pretensión de moralidad. El Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado pertenece a esta última categoría. No importa cuántos discursos de neutralidad quieran envolverlo: el mensaje está ahí, clarito, como un telegrama con remitente en Washington.
María Corina no es precisamente una figura de consenso en su país. Es una política que, durante años, ha coqueteado sin pudor con la idea de que Estados Unidos intervenga militarmente en Venezuela, que ha defendido posiciones de ultraderecha sin rubor y que ha jugado un papel central en la narrativa del “cambio” que, en el fondo, nunca ha significado más que regresar a la élite económica de siempre. Que hoy se le entregue un Nobel de la Paz —sí, de la paz— mientras defiende posturas que generan lo contrario, revela no solo ironía, sino cálculo geopolítico.
Y claro, el gobierno de Estados Unidos no tardó ni cinco minutos en aplaudir el reconocimiento.
Para ellos es perfecto: el premio legitima su mano cada vez más evidente en la política venezolana.
La intervención ya no se disfraza, ahora se premia.
Lo interesante, sin embargo, es lo que ocurre en México. La derecha mexicana, sin figuras propias que celebrar, sin victorias electorales que presumir y sin liderazgos que no sean hologramas de Twitter, se abalanzó sobre la noticia como quien encuentra una chispa en medio del desierto. De pronto, el Nobel a María Corina era presentado como “la prueba viva” de que la derecha latinoamericana resurge, una especie de triunfo moral que —pensarán ellos— también les pertenece.
Pero eso solo refleja su desesperación. Aquí la derecha no celebra a María Corina por lo que representa en Venezuela; la celebra porque no tiene absolutamente nada más que celebrar en México.
Ni proyecto, ni arraigo, ni pueblo.
A falta de pan, Nobel extranjero.
Y aun así, se olvidan convenientemente de los elementos incómodos: la política venezolana que piden que veamos como ejemplo democrático es la misma que ha defendido estrategias de presión internacional que han devastado la vida cotidiana del pueblo venezolano, la misma que ha pedido intervención militar, la misma que ha respaldado abiertamente agendas ultraconservadoras que poco tienen que ver con libertades y mucho con restauración elitista.
Por eso este Nobel no sorprende, pero sí desnuda.
Desnuda a un comité que juega al ajedrez geopolítico.
Desnuda a un imperio que mueve sus fichas como siempre.
Y desnuda a una derecha mexicana que levanta trofeos ajenos porque en su propia casa ya no encuentra nada que levantar.
En fin: cada quien celebra lo que puede.
Y aquí, ya sabemos, hay quienes celebran hasta un Nobel prestado.






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