“Chile y el espejo incómodo de la ultraderecha”
- Redacción
- 16 dic 2025
- 2 Min. de lectura

Las elecciones en Chile no pasaron desapercibidas. Y no deberían. El triunfo de la ultraderecha no fue un accidente ni un capricho del electorado: fue el resultado de una combinación peligrosa de miedo social, inseguridad creciente y una izquierda fragmentada que dejó espacios que otros no dudaron en ocupar. Por eso el llamado de la presidenta Claudia Sheinbaum a reflexionar sobre lo ocurrido no es retórico: es una advertencia política.
Los datos son claros. Chile llegó a este proceso electoral con altos índices de percepción de inseguridad, con zonas urbanas golpeadas por delitos violentos y con una narrativa instalada —muchas veces exagerada, otras instrumentalizada— sobre el “descontrol” asociado a la migración. Ahí fue donde la ultraderecha encontró terreno fértil. Con un discurso antiinmigrante, punitivo y abiertamente nostálgico del autoritarismo, logró convertir el miedo en votos.
No es menor que ese discurso viniera acompañado de una reivindicación implícita —y a veces explícita— del legado de Pinochet. Lo que hace unos años parecía políticamente impresentable, hoy fue normalizado bajo la lógica de “orden”, “mano dura” y “recuperar el control”. Cuando el miedo se impone, la memoria suele estorbar.
Pero sería un error explicar el resultado chileno solo por lo que hizo la derecha. La división interna de la izquierda fue una de las claves más importantes del desenlace. Fragmentación, disputas internas, falta de una narrativa común y desconexión con ciertas preocupaciones cotidianas abrieron la puerta para que la ultraderecha se presentara como la única opción “clara”, aunque fuera regresiva.
Ahí es donde el mensaje de Sheinbaum cobra sentido regional. No se trata de Chile como excepción, sino como síntoma. Cuando los gobiernos progresistas no logran comunicar avances, cuando la seguridad se convierte en un punto ciego, o cuando las izquierdas se consumen en disputas internas, el terreno queda listo para que el autoritarismo vuelva maquillado de solución rápida.
“Es momento de poner barbas a remojar”, insinuó la presidenta. Y la frase no va dirigida solo a Chile. Va para toda América Latina. Va para quienes creen que los derechos conquistados son irreversibles. Va para quienes subestiman la capacidad de la ultraderecha de capitalizar el enojo, el miedo y la frustración.
La enseñanza es clara: no basta con tener razón histórica; hay que gobernar bien, comunicar mejor y mantener la unidad. La derecha extrema no gana porque convenza con su proyecto, sino porque aprovecha los vacíos que otros dejan.
Te digo puerta para que lo oigas ventana.
Chile hoy es un espejo incómodo.
Ignorarlo sería el verdadero error.






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