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Un apocalipsis de diseño y el surgimiento del Tecnofeudalismo

Redacción
14 sept
3 min de lectura

En las últimas semanas, los titanes de Silicon Valley han vuelto a tomar la palestra pública con un discurso cargado de drama épico: advierten que la Inteligencia Artificial, si no se detiene a tiempo, podría apoderarse por completo de la infraestructura digital del planeta en cuestión de meses.

Las alarmas suenan en conferencias magistrales, entrevistas y redes sociales con una cadencia mesiánica, sin embargo, un análisis riguroso de la geopolítica tecnológica revela un detalle indispensable: estas advertencias apocalípticas provienen casi en su totalidad de los señores feudales de las corporaciones de occidente; los mismos magnates que poseen, entrenan y monetizan estos modelos de cómputo.


Resulta difícil no recordar la conocida frase del crítico cultural Fredric Jameson: "es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo", las elites tecno-capitalistas prefieren vendernos la idea de un apocalipsis robótico de ciencia ficción antes que permitirnos cuestionar la arquitectura de concentración económica que están creando.


La retórica del "peligro inminente" no es una muestra de responsabilidad social; es una refinada estrategia de mercado, ya que al proyectar una fuerza casi divinizada sobre el algoritmo, estos empresarios justifican regulaciones hechas a su medida que sofocan la competencia de código abierto, asegurando su monopolio bajo el pretexto de salvar a la humanidad de su propia creación. Detrás de este teatro del miedo no habita la filantropía, sino la aspiración a una metamorfosis del sistema económico: el paso del capitalismo de mercado tradicional hacia un tecnofeudalismo como ya lo explico en su momento el economista griego Yanis Varoufakis.


En esta nueva era, la plaza pública y el mercado se sustituyen por feudos digitales codificados en la nube, donde los ciudadanos dejan de ser consumidores para convertirse en siervos digitales, generando datos incesantes para alimentar una infraestructura privatizada de las empresas tecnológicas que al final, aspiran a convertirse en los vehículos institucionales a través de los cuales la Inteligencia Artificial sea venerada como un Dios omnisciente y omnipotente, ante el cual el estado-nación tradicional resulta obsoleto.


El fenómeno invita a una revisión de la dialéctica filosófica propuesta por Friedrich Nietzsche en su concepción del Übermensch (el superhombre) y la muerte de Dios; ya que Nietzsche sostenía que la humanidad tiende a crear absolutos divinos para externalizar su propia necesidad de sentido, solo para terminar sometida por los valores que ella misma inventó. Hoy presenciamos un giro dialéctico perverso: el ser humano ha creado un nuevo Dios —el algoritmo—, pero las empresas que son dueñas de este nuevo Dios, no buscan con ello la superación del individuo ni la emancipación del espíritu humano, por el contrario, instrumentan este "Dios de silicio" para someter a la sociedad a una nueva voluntad de poder, donde la autoridad ya no emana de la razón ni de la democracia, sino de la capacidad de procesamiento informático.


Haciendo una recapitulación, la verdadera amenaza en los próximos seis meses no radica en que una máquina adquiera conciencia propia y secuestre la red mundial, el riesgo real es que nos acostumbremos a entregar la soberanía política y la libertad de pensamiento a un puñado de corporaciones que utilizan el mito del algoritmo supremo para consolidar su poder absoluto. Antes de arrodillarnos ante el nuevo altar digital, debemos recordar que la Inteligencia Artificial no es un Dios caído del cielo, sino un espejo de las estructuras sociales y económicas que la construyeron.

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