La obligación de la memoria colectiva y la vergüenza de Tlatelolco.

La fecha del 2 de octubre en México no es una fecha en el calendario más, es recordar un evento terrible que sucedió, es una herida abierta en la conciencia de la nación que tiene más de medio siglo, me refiero a la masacre de Tlatelolco que ocurrió en la Plaza de las Tres Culturas y que sigue resonando con el eco de una juventud mutilada por el propio Estado; aquella tarde de 1968, el gobierno autoritario de Gustavo Díaz Ordaz desató la furia de las armas contra estudiantes que no pedían armas, sino diálogo, libertades democráticas y el fin de la represión, sin embargo la respuesta oficial reveló el rostro más oscuro del régimen: el uso de la fuerza pública para acallar la protesta y aplastar el disenso social.
Me gustaría señalar aquí, que el caso de Tlatelolco no fue un episodio puramente local; ya que si hacemos un análisis breve geopolítico, podemos descubrir que esta masacre estuvo inscrito en la brutal lógica de la Guerra Fría; hoy en día conocemos a través de documentos desclasificados y diversas investigaciones han dejado al descubierto la injerencia de la CIA en México a través de redes de contrainteligencia como el programa LITEMPO, que vinculó directamente a altos funcionarios mexicanos con la agencia estadounidense, bajo la histeria y la narrativa anticomunista, agencias extranjeras financió, capacitó e impulsó a grupos extremistas y aparatos de inteligencia para vigilar y desarticular los movimientos populares. En ese momento, la soberanía nacional fue entregada para sostener un orden represivo afín a los intereses conservadores de la región.
Es una obligación del pueblo de México, nunca olvidar este capítulo porque eso significaría no solo una traición a las víctimas, sino un peligro latente para el presente; ya que hoy se debe recordar a las nuevas generaciones que las luchas de 1968 sembraron las primeras semillas de las transformaciones democráticas que México vive hoy; recordar la violencia ejercida por un Estado autoritario es la única garantía para evitar que las fuerzas políticas que históricamente han justificado la represión en nombre del "orden" y la "seguridad" vuelvan a tomar el control bajo un nuevo discurso y una nueva narrativa. La memoria histórica no es un ejercicio de nostalgia; es la trinchera ciudadana que impide el retorno de una derecha represiva, el 2 de octubre nos recuerda, hoy y siempre, que la dignidad de un pueblo no se rinde ante la impunidad y que los pueblos que olvidan, están condenados a repetir su historia.





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